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“Manuel”, Elisabetta Bagli

“Manuel” 

#historiasdeamor

De Elisabetta Bagli

«Creo en ti y por eso creo que he hecho bien en venir aquí. Sentí un fuerte deseo de verte para decírtelo. Me gustaría ponerte este anillo en el dedo y me gustaría que me dijeras ¡que Sí! ¡Tan sólo un sencillo Sí! Estoy seguro de que sabes hacer esta única, sencilla cosa, estoy seguro que la sabes hacer de forma maravillosa… Lo necesito, porque te amo. Lo necesitas ¡porqué tú también me amas! Venga, Sandra, una sílaba, una sencilla sílaba y seremos felices para siempre!»

Miro a Manuel sin hablar. No sé qué decir. No me lo esperaba. Era exactamente lo que quería después de tantos años juntos, después de haber hecho del avión nuestra casa. Roma-Madrid-Roma, el trayecto más recorrido de los últimos nueve años.

El Amor. Mi primera vez. Nuestro deseo de crear una familia. Todo coincidía. Todo conducía a esta maravillosa declaración de amor.

¿Por qué no hablo? ¿Por qué no le digo: “Sí”? ¿Qué me pasa?

Le miro y me siento atormentada. Me gustaría echarme en sus brazos y gritarle con todo el aliento que tengo en la garganta: “¡Sí!, me casaré contigo, porque soy feliz contigo, porque te amo, porque me has hecho descubrir el mundo, me has dado la alegría de sentirme amada por lo que soy, porque eres mi hombre, y ¡vas a ser el padre de mis hijos!” Y en cambio, estoy aquí, bloqueada.

Estamos de pie en una esquina del “templo de todos los dioses”, el Panteón de Roma, mi ciudad. Ni siquiera los intensos rayos de sol que entran a través del Oculus en el centro de la gran Cúpula, iluminando nuestras caras, consiguen disolver esta nube que se está haciendo cada vez más gruesa en mi cabeza.

¿Por qué no hablo? ¿Por qué no le digo: “Sí”? Es muy sencillo decirlo, es realmente algo fácil de decir.

Todavía no puedo. Por una fracción de segundo, delante de mis ojos se ha materializado tu figura. Sé que no estás aquí. Sé que eres un producto de mi mente, pero te veo. Guapo, sonriente, feliz mientras me miras y no me ves, como siempre. Sufrí en silencio sabiendo que nunca te diste cuenta de mi existencia. ¿Por qué he esperado por un segundo que fueses tú y no Manuel quien dijese estas palabras? He perdido la cuenta de los años que he vivido en la ilusión de que tal vez un día, a lo mejor gracias a un milagro, lo harías tú. Pero nunca me diste esperanzas, nunca. ¿Por qué seguir amándote? ¿Por qué seguir lastimándome y lastimando, especialmente a Manuel que me ama inmensamente?

¡Ahí está! Ahora que veo su cara que me mira, esperando mi respuesta, ahora que siento el calor de su abrazo, que me seca con un pañuelo las dos lágrimas que están descienden por mi rostro, sin saber por qué estoy llorando, justo ahora sé que te tengo que dejar para siempre. Ya lo había hecho. Hacía exactamente nueve años que no volvías a mi mente con tanta fuerza como está  ahora. Ahora que no debes, estás en mi cabeza. Es un paso importante para mí, un paso que vale toda mi vida, mi futuro, mi felicidad.

Pero, ¿quién me dice que yo hubiese sido feliz contigo y no con Manuel? Pasé nueve años maravillosos con él, fui feliz y soy feliz. También lo seré en el futuro. No voy a pensar en ti ni un minuto más. No voy a permanecer anclada en el recuerdo de quien nunca me ha visto ni como niña ni como una adolescente ni como la mujer en que me he convertido. Sabías que existía. Habías decidido simplemente ignorarlo. ¿Por qué no hago lo mismo contigo? Poco a poco he construido los cimientos de la vida que voy a vivir con una gran sonrisa en mis labios; sin ti.

Si contesto que “Sí” a Manuel, sé que mi vida va a cambiar por completo. Voy a tener que hacer las maletas, poner todo mi mundo allí dentro, llevármelo conmigo y crearme otro. ¿Pero lo quiero? ¡Qué Sí, lo quiero! ¡Lo quiero! Quiero vivir mi sueño, lo imposible seguirá siendo imposible, ya para siempre. Quiero vivir la aventura de mi vida junto a Manuel. Lo quiero hacer y le quiero amar con todo mi ser.

«Sí, Manuel, mi amor, me casaré contigo!» Como una avalancha, lo abrazo. Mi corazón le sonríe. Él me pone en el anillo en el dedo y me lo besa. El rayo de sol que ilumina sus labios sonrientes, lo hace maravillosamente hermoso. El sol ha iluminado mi mente. Ahora sé que mi decisión es la correcta.

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